• El número de pacientes con dolor crónico se incrementaría en los próximos meses debido a la falta de atención y a que puede presentarse como una secuela de la COVID-19.
  • En Latinoamérica se estima que 3 de cada 10 personas lo padecen y en Ecuador la cifra podría alcanzar el 39% de la población, es decir, 4 de cada 10 personas.[1]

Quito, mayo de 2021. A un año de haberse declarado la emergencia sanitaria en varios países de Latinoamérica a causa de la pandemia originada por la COVID-19, y con la segunda ola de contagios azotando América Latina, los pacientes que padecen de dolor crónico han experimentado mayores dificultades para acceder al diagnóstico oportuno y a la atención especializada que necesitan, lo que agrava su situación y produce un aumento de casos.

El Dr. João García, presidente de la Federación Latinoamericana de Asociaciones para el Estudio del Dolor (FEDELAT), señala que, en el último año, no solo se ha dilatado la detección oportuna del dolor crónico, sino que alrededor de la mitad de los pacientes diagnosticados con esta condición se vieron forzados a interrumpir sus tratamientos.

“La mayoría de los pacientes con dolor crónico han dejado de asistir a los centros hospitalarios porque son considerados población de riesgo por sus trastornos inmunológicos. Además, muchos de los hospitales han priorizado la atención de pacientes COVID-19 frente a otras patologías”, indica el especialista.

Según cifras de FEDELAT, el dolor crónico afecta a cerca de 190 millones de personas en Latinoamérica; es decir, a 3 de cada 10 personas.[2]

En Ecuador la situación no es diferente. La Dra. Jacqueline Macías, presidenta de la de la Sociedad Ecuatoriana para el Estudio y Tratamiento del Dolor, afirma que “la condición de los pacientes con dolor crónico se ha deteriorado tras la pandemia y se estima que la cifra podría alcanzar al 39% de la población, es decir 4 de cada 10 personas.”

Este grupo de pacientes ha tenido consecuencias tanto en su estabilidad física como mental, sin contar el poco acceso a medicamentos para su tratamiento.

“El paciente con dolor crónico tiene hasta un 20% de alteraciones en su movilidad. Esa afectación agrava mucho más su aislamiento y su dependencia. El impacto que ha tenido esta pandemia sobre el dolor crónico, es importante en esta población”, afirma.

La especialista en dolor explica que, en el país, el acceso a las teleconsultas se limitó al sector privado y en el sector público se evidenció un distanciamiento prolongado de las consultas en los hospitales debido a la prioridad a los pacientes afectados por la pandemia.

Estos factores, también llevaron a los pacientes a la depresión, al confinamiento y al incremento de la intensidad del dolor. Lo que a su vez determina el deterioro de su movilidad y de su calidad de vida.

A ello se suman las personas que lo experimentan como una secuela de la COVID-19: el virus puede causar dolor neuropático por sus efectos sobre los nervios periféricos y ocasionar complicaciones asociadas a los largos periodos en cama y sin actividad física[3]. El presidente de FEDELAT también resalta la importancia de llevar un registro de los pacientes que permita hacer un seguimiento y garantizar la continuidad del tratamiento.

La Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11 por sus siglas en inglés) considera el dolor crónico como una patología en sí misma[4]. En ese sentido, ambos expertos coinciden en que requiere de un tratamiento integral, que comprenda terapias farmacológicas, físicas y psicológicas, con un abordaje personalizado. Sin embargo, aún persisten barreras como el poco conocimiento de profesionales de la salud, pacientes y autoridades sobre la enfermedad y su manejo, que dificultan la óptima atención de la condición.

La Dra. Macías advierte que visibilizar y atender esta situación es esencial para garantizar la calidad de vida de los pacientes y de sus familiares. “Los pacientes con dolor crónico tienen una innegable dependencia de la atención sanitaria, las autoridades de salud deben implementar políticas para atenderlos adecuadamente y de forma prioritaria. La limitación del acceso a la atención médica y a los fármacos por causa de las limitaciones económicas provoca que el paciente tenga un abandono de su tratamiento y deteriore su calidad de vida, concluye.

[1] Cifra estimada por la Dra. Jacqueline Macías, presidenta de la Sociedad Ecuatoriana para el Estudio y Tratamiento del Dolor, basada en un promedio de data de estudios para la región. Entrevista realizada en mayo de 2021.

[2] García CA et al. Undertreatment of pain and low use of opioids in Latin America. Pain Manag. 2018 May;8(3):181-196.

[3] Potential for increased prevalence of neuropathic pain after the COVID-19 pandemic. Disponible en: https://journals.lww.com/painrpts/Fulltext/2021/02000/Potential_for_increased_prevalence_of_neuropathic.15.aspx Último acceso: 15/02/2020

[4] IASP Classification of Chronic Pain for the International Classification of Diseases (ICD-11). Disponible en: https://journals.lww.com/pain/Abstract/2019/01000/Chronic_pain_as_a_symptom_or_a_disease__the_IASP.3.aspx  Último acceso: 11/02/2021.